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Carmen Albalat Moro

   

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La Niña
© Carmen Albalat Moro

     

 

Y como huele el aire en los trigales,
su movimiento armonioso al compás,
siguen el ritmo que el viento le marca.
Los gorriones se pasean con su danza
por encima de ellos revoloteando su canto.
Una niña sentada en arado viejo y desusado
imagina ser una princesa en su carruaje.
Azuza a los caballos que sólo existen en su mente
y recorre los trigales, recogiendo florecillas silvestres
se tenía su piel con el color del sol.
El sol iba bajando su cabeza, ya tenía sueño.
La niña con sueños de ser princesa feliz 
volvió sus ojos y dijo adiós a sus amigos 
el viento, el sol, los trigales y los gorriones.
Se despidió también de su príncipe irreal.
Ese príncipe que nunca llegaría a existir.
Y como huele el aire en los trigales,
su movimiento armonioso al compás,
siguen el ritmo que el viento le marca.
Los gorriones se pasean con su danza
por encima de ellos revoloteando su canto.
Una niña sentada en arado viejo y desusado
imagina ser una princesa en su carruaje.
Azuza a los caballos que sólo existen en su mente
y recorre los trigales, recogiendo florecillas silvestres
se tenía su piel con el color del sol.
El sol iba bajando su cabeza, ya tenía sueño.
La niña con sueños de ser princesa feliz 
volvió sus ojos y dijo adiós a sus amigos 
el viento, el sol, los trigales y los gorriones.
Se despidió también de su príncipe irreal.
Ese príncipe que nunca llegaría a existir.

    

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